Entre el renacimiento y el barroco, el manierismo.

Entre el renacimiento y el barroco, el manierismo.
Il Bronzino es uno de los artistas que mejor han retratado la esencia del manierismo, en la corte de Cosimo I di Medici, en la Florencia del siglo XVI. Con el cuadro "Triunfo de Venus" no sólo avanza el estilo barroco, también define cinco siglos después, la estética de los textos que se pueden leer a continuación. Es una fuente de inspiración y alude a una vinculación de por vida con la ciudad más bella del mundo. Firenze.

domingo, 24 de noviembre de 2013

Anna

Las risas enemigas enroscan su lisa negrura, del lagrimal nacidas, muertas más allá de la sien, maravilla de lo grotesco, echan raíces hacia el interior del cerebro, hacía el pensamiento, hacia la oscuridad, reflejo de avistar con demasiada precisión si se es miope, círculo cuando se une a los párpados, el ojo dentro del ojo.
Valle donde el látigo despierta las bestias, y ruge suave la noche que no acaba, al acecho que el sol ciegue.

Amigas de la inteligencia, del pensamiento incierto, de las musas trasnochadas, y el ingenio. 



viernes, 13 de julio de 2012

Dans le chambre: Rue Faubourg- Saint- Denis


En París el cielo es de ceniza mojada y huele siempre a pollo asado a las ocho de la mañana. Él se despierta con un abrazo entre las sábanas y nunca abre los ojos hasta que no le han besado. París es como una película de Truffaut. Los amantes son esquivos, las calles nutridas de chubasqueros y vendedores, en los cafés todos fuman, y las mujeres lucen una triste mirada BOBO. Los hombres no aman a las mujeres como ellas quieren y las mujeres sufren la carestía del sol en sus rostros. Pero París es tan fresca que a veces se pasa mucho frío y los pies se calientan sólo cuando él llega de trabajar a las 8. Entonces la mira bajo sus cabellos desordenados, largos, confusos como algas del océano más oscuro, la mira con esos ojos castaños y gatunos que de no decir nada parece que dicen algo misterioso, y sólo los cierra cuando lo has besado. París es un beso lanzado al aire de bocas pequeñas carnosas, llenas de erres, y eses suaves, contaminadas de tabaco y café, ensalivadas de poses afectadas o de mala educación arrabalera. Si te descuidas se convierte en Pickpocket: París es que te roben en un café y seguir bebiendo. A la una, pasado el medio día, la calle sigue oliendo a pollo asado. Ya no llueve pero la ceniza sigue esparcida por el cielo como una acuarela. Mirando la buhardilla de la casa de enfrente descubre como las gotas poco a poco se deslizan por la pizarra hasta el abismo, la pisada del viandante en el charco es una muerte en grupo.
Comer en París es pescar en un mar con caña de bambú, a veces comes, otras no, pero hacer el amor eso se hace todos los días se pesque o no. Y si el cliché aparece, suena en cualquier momento un acordeón, no es extraño escucharlo mientras él dice "Belle". Ese ambiente de feria con "subes y bajas" y el olor a algodón de azúcar entre las  nalgas se esfuma rápido, unos instantes después ya es de día de nuevo, son las ocho, todavía huele a noche dentro. Fuera preparan el pollo asado. 

jueves, 19 de abril de 2012

El cuervo








Una vez, al filo de una lúgubre media noche,
mientras débil y cansado, en tristes reflexiones embebido,
inclinado sobre un viejo y raro libro de olvidada ciencia,
cabeceando, casi dormido,
oyóse de súbito un leve golpe,
como si suavemente tocaran,
tocaran a la puerta de mi cuarto.
“Es —dije musitando— un visitante
tocando quedo a la puerta de mi cuarto.
Eso es todo, y nada más.”

¡Ah! aquel lúcido recuerdo
de un gélido diciembre;
espectros de brasas moribundas
reflejadas en el suelo;
angustia del deseo del nuevo día;
en vano encareciendo a mis libros
dieran tregua a mi dolor.
Dolor por la pérdida de Leonora, la única,
virgen radiante, Leonora por los ángeles llamada.
Aquí ya sin nombre, para siempre.

Y el crujir triste, vago, escalofriante
de la seda de las cortinas rojas
llenábame de fantásticos terrores
jamás antes sentidos. Y ahora aquí, en pie,
acallando el latido de mi corazón,
vuelvo a repetir:
“Es un visitante a la puerta de mi cuarto
queriendo entrar. Algún visitante
que a deshora a mi cuarto quiere entrar.
Eso es todo, y nada más.”

Ahora, mi ánimo cobraba bríos,
y ya sin titubeos:
“Señor —dije— o señora, en verdad vuestro perdón
imploro,
mas el caso es que, adormilado
cuando vinisteis a tocar quedamente,
tan quedo vinisteis a llamar,
a llamar a la puerta de mi cuarto,
que apenas pude creer que os oía.”
Y entonces abrí de par en par la puerta:
Oscuridad, y nada más.

Escrutando hondo en aquella negrura
permanecí largo rato, atónito, temeroso,
dudando, soñando sueños que ningún mortal
se haya atrevido jamás a soñar.
Mas en el silencio insondable la quietud callaba,
y la única palabra ahí proferida
era el balbuceo de un nombre: “¿Leonora?”
Lo pronuncié en un susurro, y el eco
lo devolvió en un murmullo: “¡Leonora!”
Apenas esto fue, y nada más.

Vuelto a mi cuarto, mi alma toda,
toda mi alma abrasándose dentro de mí,
no tardé en oír de nuevo tocar con mayor fuerza.
“Ciertamente —me dije—, ciertamente
algo sucede en la reja de mi ventana.
Dejad, pues, que vea lo que sucede allí,
y así penetrar pueda en el misterio.
Dejad que a mi corazón llegue un momento el silencio,
y así penetrar pueda en el misterio.”
¡Es el viento, y nada más!

De un golpe abrí la puerta,
y con suave batir de alas, entró
un majestuoso cuervo
de los santos días idos.
Sin asomos de reverencia,
ni un instante quedo;
y con aires de gran señor o de gran dama
fue a posarse en el busto de Palas,
sobre el dintel de mi puerta.
Posado, inmóvil, y nada más.

Entonces, este pájaro de ébano
cambió mis tristes fantasías en una sonrisa
con el grave y severo decoro
del aspecto de que se revestía.
“Aun con tu cresta cercenada y mocha —le dije—,
no serás un cobarde,
hórrido cuervo vetusto y amenazador.
Evadido de la ribera nocturna.
¡Dime cuál es tu nombre en la ribera de la Noche Plutónica!”
Y el Cuervo dijo: “Nunca más.”

Cuánto me asombró que pájaro tan desgarbado
pudiera hablar tan claramente;
aunque poco significaba su respuesta.
Poco pertinente era. Pues no podemos
sino concordar en que ningún ser humano
ha sido antes bendecido con la visión de un pájaro
posado sobre el dintel de su puerta,
pájaro o bestia, posado en el busto esculpido
de Palas en el dintel de su puerta
con semejante nombre: “Nunca más.”

Mas el Cuervo, posado solitario en el sereno busto.
las palabras pronunció, como virtiendo
su alma sólo en esas palabras.
Nada más dijo entonces;
no movió ni una pluma.
Y entonces yo me dije, apenas murmurando:
“Otros amigos se han ido antes;
mañana él también me dejará,
como me abandonaron mis esperanzas.”
Y entonces dijo el pájaro: “Nunca más.”

Sobrecogido al romper el silencio
tan idóneas palabras,
“sin duda —pensé—, sin duda lo que dice
es todo lo que sabe, su solo repertorio, aprendido
de un amo infortunado a quien desastre impío
persiguió, acosó sin dar tregua
hasta que su cantinela sólo tuvo un sentido,
hasta que las endechas de su esperanza
llevaron sólo esa carga melancólica
de ‘Nunca, nunca más’.”

Mas el Cuervo arrancó todavía
de mis tristes fantasías una sonrisa;
acerqué un mullido asiento
frente al pájaro, el busto y la puerta;
y entonces, hundiéndome en el terciopelo,
empecé a enlazar una fantasía con otra,
pensando en lo que este ominoso pájaro de antaño,
lo que este torvo, desgarbado, hórrido,
flaco y ominoso pájaro de antaño
quería decir granzando: “Nunca más.”

En esto cavilaba, sentado, sin pronunciar palabra,
frente al ave cuyos ojos, como-tizones encendidos,
quemaban hasta el fondo de mi pecho.
Esto y más, sentado, adivinaba,
con la cabeza reclinada
en el aterciopelado forro del cojín
acariciado por la luz de la lámpara;
en el forro de terciopelo violeta
acariciado por la luz de la lámpara
¡que ella no oprimiría, ¡ay!, nunca más!

Entonces me pareció que el aire
se tornaba más denso, perfumado
por invisible incensario mecido por serafines
cuyas pisadas tintineaban en el piso alfombrado.
“¡Miserable —dije—, tu Dios te ha concedido,
por estos ángeles te ha otorgado una tregua,
tregua de nepente de tus recuerdos de Leonora!
¡Apura, oh, apura este dulce nepente
y olvida a tu ausente Leonora!”
Y el Cuervo dijo: “Nunca más.”

“¡Profeta!” —exclamé—, ¡cosa diabolica!
¡Profeta, sí, seas pájaro o demonio
enviado por el Tentador, o arrojado
por la tempestad a este refugio desolado e impávido,
a esta desértica tierra encantada,
a este hogar hechizado por el horror!
Profeta, dime, en verdad te lo imploro,
¿hay, dime, hay bálsamo en Galaad?
¡Dime, dime, te imploro!”
Y el cuervo dijo: “Nunca más.”

“¡Profeta! —exclamé—, ¡cosa diabólica!
¡Profeta, sí, seas pájaro o demonio!
¡Por ese cielo que se curva sobre nuestras cabezas,
ese Dios que adoramos tú y yo,
dile a esta alma abrumada de penas si en el remoto Edén
tendrá en sus brazos a una santa doncella
llamada por los ángeles Leonora,
tendrá en sus brazos a una rara y radiante virgen
llamada por los ángeles Leonora!”
Y el cuervo dijo: “Nunca más.”

“¡Sea esa palabra nuestra señal de partida
pájaro o espíritu maligno! —le grité presuntuoso.
¡Vuelve a la tempestad, a la ribera de la Noche Plutónica.
No dejes pluma negra alguna, prenda de la mentira
que profirió tu espíritu!
Deja mi soledad intacta.
Abandona el busto del dintel de mi puerta.
Aparta tu pico de mi corazón
y tu figura del dintel de mi puerta.
Y el Cuervo dijo: “Nunca más.”

Y el Cuervo nunca emprendió el vuelo.
Aún sigue posado, aún sigue posado
en el pálido busto de Palas.
en el dintel de la puerta de mi cuarto.
Y sus ojos tienen la apariencia
de los de un demonio que está soñando.
Y la luz de la lámpara que sobre él se derrama
tiende en el suelo su sombra. Y mi alma,
del fondo de esa sombra que flota sobre el suelo,
no podrá liberarse. ¡Nunca más!


Edgar Allan Poe

domingo, 8 de enero de 2012

Santa Bárbara bendita


La escuálida vela tiritaba de frío atormentada por la incerteza de que en una ráfaga de ese viento tormentoso que enloquecía el pueblo, apagara su llama alargada.

La cogió del cajón  de la mesilla del cuarto de matrimonio, situada en el lado donde dormía su difunto marido. Digo dormía, porque en casa todos sabían que murió allí, y vive allí, en ese hueco que dejó insustituible e imperecedero.  Noche si, noche también, alguna de sus hijas o sobrinas llenaban con risas y parloteos, comidillas, peleas, o dolores de algún mal físico, el hueco donde vivía el alma del difunto.
Entre el vendaval y el aguacero, un relámpago furioso refulgía, sucedido del rugido del cielo. De pequeñas, su madre les había enseñado a respetar las tormentas como el enfado de Dios, y les prohibía cualquier tipo de jácara, cántico o risa. Mientras duraba la tormenta el silencio solo podía ser roto por los gritos del mismísimo Dios, si no se hacia así, era como interrumpir una reprimenda de tus progenitores, insultándolos, era un sacrilegio, una blasfemia. Pero ellas continuaban sus juegos infantiles, mientras todos reían interiormente conmovidos por esa inocencia ante la vida.
La viuda preguntó si querían que encendiese la delgada vela. Todas gritaban: “Si, si y rezaremos, Santa Bárbara Bendita que en el cielo estás escrita con papel y agua bendita, los moros llevan la piedra, los cristianos la cruz. Pater nostrem amén Jesús.” Ella había dejado de creer en Dios hacia mucho tiempo, pero en este caso la naturaleza atemorizaba a la razón científica y la exhortaba a cumplir el ritual, pero sobre todo la animaban a cumplirlo las niñas.
La velita chisporroteaba. La corriente movía los pensamientos, y todas en silencio, esperaban el final como quien espera la muerte. La superstición se convirtió en milagro y nada más encenderla el rayo y el trueno cesaron dejando todo el trabajo perturbador al sonido de la lluvia chocando contra suelo, techos, toldos, y charcos. Se miraron instintivamente y sonrieron aliviadas.
A veces consideramos que hemos perdido la fe en las cosas y de repente un detalle, nos hace portadores de esperanzas encumbrando un objeto, un recuerdo, para encomendarnos a él, para sentir la magia de una energía que no sabemos si existe, pero por si acaso lo mantenemos ahí, al lado. En el lado todavía caliente de la cama.

sábado, 26 de noviembre de 2011

18720




“A las 21.50 horas de la fecha que he escrito con mi propia sangre y con un palo encontrado en la oscuridad, en el suelo de hormigón de este lugar desconocido, he dejado de pensar que vendrán a buscarme.

Me falta agua. Estoy bebiendo de una gotera que extrañamente cae hacía arriba, un geiser raquítico, una grieta terrestre que se ha debido de abrir con la caída del muro después del choque.

He descubierto pasado este tiempo que los dolores del impacto han empezado a despertar. De la cabeza me brotan gotas espesas y el flujo que emana es más intenso incluso que el del maldito geiser. He tratado de cubrir la herida con una tela, pero temo que está llena de gasolina porque huele. También me duele el pecho de un modo punzante a la altura del omoplato, no tiene buena pinta, lo intuyo. La respiración es costosa y a ratos preferiría morir a aspirar aire. Sobre las extremidades no hay signos evidentes de heridas graves. Eso es todo…otra vez pierdo...”

La puerta de la nave se abre dejando una fina línea de luz que rápidamente escapa al cerrarla de golpe. Un desplazamiento como de raíles  permite acercar un objeto alargado al cuerpo tumbado del muchacho pero no logra rozarlo. Los raíles vuelven a movilizar el objeto quirúrgico hacia la puerta.
“Tengo pérdidas constantes del sentido y cuando despierto creo dormir en una cama de clavos, el dolor se ha hecho mi compañero, tengo miedo de que cese, temo que signifique que estoy muerto.

Lo curioso es que con lo que sea que haya chocado, ha desaparecido. No he notado ninguna otra presencia a parte de algún ratón e insectos terrestres. Se ha evaporado desde hace 18720 horas. Lo sé porque a lo lejos he escuchado regularmente, 14 ecos de sirenas, transcurridos en un periodo de tiempo que considero puede llegar a ser un día completo. Y lo más importante, veo una luz, pero no me he llegado a fiar porque podría ser eléctrica y tener un temporizador de horas laborales. Me queda imaginación para poco, y quiero ser realista, sino me he muerto en todo este paso de soledad con estos dolores y heridas, puede que ni las mismas sean tan graves y que sobreviva. Si deja de atormentarme la sirena puede que repliegue al estado de shock y consiga mover las articulaciones, quizás…pero algo me dice que si lo hago no saldré de aquí. Es como si para estar vivo tuviera que quedarme muy quieto…otra vez pierdo…”

-Lo he perdido. –Una voz compungida charla con otra persona al otro lado de donde sea se encuentra el cuerpo del muchacho.

- Lo encontraremos, no puede andar lejos, el coche está aquí. Al menos pudiste traerlo después del accidente. Lo encontraremos.

- Y si, se me cayó en otro sitio, en el supermercado o en casa y lo ha cogido el perro. Temo haberlo matado. No debí guardarlo, no se pueden retener así a las personas, debí dejarlo marchar.

- Era lo único que podías hacer iba a contarlo todo. No te atormentes, el vivía bien.
-¿Vivía? ¡Dios! ¡No digas eso!
- Cálmate, quiero decir que es la única manera en la que podíamos estar los tres juntos. Sin hacernos daño. Si nos quieres a los dos, tenías que elegir en que convertir al otro. Y vive muy bien.

-¿Eso crees? ¡Te hubiera gustado ser tu el llavero?
-….no.

oigo sus voces y comprendo todo. Estoy debajo del coche de Elena. Mario intenta convencerla de que me encontrará. Ahora soy consciente de lo que han hecho conmigo.
El raíl vuelve a desplazar algo por el suelo. Es un fino alambre que sostiene la mano de Mario que parece una tubería enorme para una obra de ingeniería a los ojos del muchacho.
Tengo fuerzas, me desplazaré al otro extremo, no me volverán a coger. Pero la cabeza me pesa tanto…sólo puedo moverme en círculos y mi cabeza es el centro. La arrastraré”.

domingo, 26 de junio de 2011

Empieza la fiesta

Llegó el día de las fiestas mayores del pueblo. De los pueblos aledaños se aproximaban hasta la mesa rectangular del beber hombres y mujeres, casados, solteros, viudos, con concubina o múltiples compañías a la vez. Todos los que poseían algún talento especial aprovechaban la plaza del pueblo, donde caían los geranios, y se marchitaban las begonias, para enmudecer a los paseantes. Miguel sonó sus melodías enamoradizas y las mujeres casadas querían dejar a sus maridos e incluso los maridos querían abrazarlo conservando a sus mujeres. Así durante el día entero, hasta que exhausto descansó bajo un naranjo.
El alcalde de la villa dio el discurso de inicio de la fiesta mayor cuando ya habían transcurrido 12 horas y se le había pasado la borrachera. El poder es una novia bien celosa, más que una novia son muchos amantes, difícil de no enloquecer manejando tantas pelotas en el aire. El talento del alcalde era el de artista circense ataviado con un apolillado traje a rayas. Las pelotas…andaban por ahí. En su día, cuando la arruga del exceso de mando todavía no le marcó el rostro, fue un aparente muchacho, con ojos claros y cabello poblado. Su madre una beata del pueblo hacía que dos costureras le bordaran los tres nombres en toda la ropa, igual que a sus siete hermanos y hermanas. A cada uno de los cuales se les casó el día de su mismo nacimiento, nada más saber el sexo. No hacía falta preguntar por el consentimiento de la otra familia, en el pueblo cualquiera hubiera estado encantado de contraer nupcias con esa familia. Tanto unos como otros eran esclavos del qué dirán y de las apariencias.
Los ciudadanos comían, bebían y charlaban de sus vecinos. Los festejos se limitaban a esta actividad, aderezada por las pantomimas de los mismos, así que el presupuesto invertido por la concejalía de cultura era escaso, por lo que ese mes podían cobrar más sueldo.
Berni pese a lo que uno pudiera pensar no cobraba bien esos días. La oferta era demasiada y como las mujeres gozaban de buen humor y de unos riñones fuertes para digerir bien el alcohol, satisfacían con ganas a sus enfervorecidos y veloces maridos. Así que también desplegaba todos sus talentos. A media mañana sólo vio a aquellos habituales, que ni ebrios tocan a sus mujeres. A las 4 de la tarde el calor apagó los excesos y el sueño se apoderó de todos, entonces Berni se paró a descansar en el naranjo donde ya no había nadie.

jueves, 24 de marzo de 2011

Bernardette

“Que aburrimiento, que tedio, que sopor, insoportable…” pensó Bernadette mientras agachaba la cabeza, sorbía ebria de su cuenco vínico y se manchába la nariz. “Este nombre con el que me susurran me persigue como una irónica maldición…Bernardette, la niña incorrupta, inmaculada...¡inmaculada e incorrupta! Nuestro único punto en común son las 18 apariciones, las mías en forma de hombre perturbador y huidizo.¡ Que madre inconsciente, pone un nombre así a la carne de su carne, sólo porque un día le fue a comprar el pan una inocente de 12 años!"

Berni como la llamaban en la esquina del cobertizo donde se apostaba, comenzó a hacer el pendón a los 17 años, después de haber sido rechazada por la decimoctava “aparición” de carne y hueso que para mayor escarnio e ironía se llamaba Mariano. Decidió pues, que su destino la enviaba a cubrir otras cuitas, menos conformadas que las que ofrecen el amor más común de todos, el de pareja. Si nadie la iba a querer, ella no pensaba despreciar a la soledad en forma de brillo moneda. “Que esté sola no quiere decir que no pueda amar. Puedo quererlos, abrazarlos, hacerme poseer, dejarlos ir a la media hora con sus mujeres, y en mi mente imaginar que me echan de menos. Y todo son ventajas porque al irse me dan la paga. A veces cuando sus mujeres se preñan a la vez, tengo demasiado trabajo, pero los sigo queriendo igual. Mis visiones no son marianas, son de Mariano que fue el primero que me alentó y me dijo: “ya te podrías dedicar a esto con lo entregada que eres.“

Los ojos violetas de Berni que siempre fueron brillantes por un exceso de fe, se volvieron mate el día que al pueblo llegó Miguel, un extranjero de ultramar con sombrero grande y barba poblada. Fue extraordinario lo que en ella se produjo. En su pecho albergó una aflicción punzante y cosquilleante, una mezcla de dolor y placer tan intenso. Sus ojos tuvieron que apartar la luz de sus pupilas para desplazarla al ombligo, al centro, porque las fuerzas de su cuerpo le empujaban hacia él y como con cualquier pasion, ésta requería del impulso de las tripas.

Miguel era de ese tipo de apariciones que nunca se van sin decir adiós. Poseía una discreta pose y dotes para los instrumentos musicales. Hacía sonar el viento moviendo con maestría los dedos de las manos, creaba sinfonías, la gente aplaudía cuando volteaba las esquinas, y él les regalaba un acorde más. A las mujeres bonitas las miraba de soslayo, a las feas de frente con delicadeza y ternura, con ojos mansos, negros, brillantes. Tenía miedo de la soledad pero no de la muerte y en su viaje más profundo, en las puertas del Hades, tocó con su corazón en la mano las notas que lo hicieron famoso. Miguel era de los que contaba los abrazos, no por vanidad, sino porque eran tan fuertes que no todos los soportaban. Mató tres veces por estrangulamiento involuntario: la primera a un animalito a los siete años, la segunda a un vagabundo que sabía de su fama de abrazador y deseaba morir, y la tercera a Bernardette.

(Continuará…)